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La política y Game of Thrones

Cuando juegas al juego de tronos, o bien ganas o bien mueres”, esta oración dicha por Cersei Lannister resume bien lo que uno puede hallar en la saga de Canción de Hielo y Fuego. El universo de ficción creado por George R.R. Martin cautiva a millones de seguidores en el mundo entero por esa forma cruda en la que presenta las peleas por el poder y los métodos poco ortodoxos para lograrlo. Y en la mitad de esos inconvenientes reales, que asimismo hallamos en la vida política actual, vemos a dragones, sacerdotisas que alumbran sombras asesinas, paseantes blancos, gigantes y demás personajes fabulosos que hacen alucinante la historia de los siete Reinos.

Siete reinos, un solo Trono de Hierro. La saga de ficción Juego de Tronos nos enseña por medio de muchas tramas, diferentes formas de concebir el poder y, sobre todo, diferentes estrategias políticas para alcanzarlo, ejercerlo y conservarlo. Desde Platón a Rousseau, pasando por Sun Tzu, Maquiavelo, Hobbes, Marx, Weber o Foucault, la mayor parte del pensamiento político y estratégico está condensado en este magistral manual de ciencia política para todos los públicos.

En tal universo ficticio, las primordiales casas de Poniente luchan sin cuartel por extender su repercusión política a lo largo y ancho del continente. Los Stark, los Baratheon, los Lannister, los Greyjoy, los Tyrell, los Martell y los Targaryen, de igual forma que los personajes no adscritos a ninguna casa como Petyr Baelish o Lord Varys (que tratan de buscar su propio y también individual camino entre las bambalinas de la siniestra corte de Desembarco del Rey), tienen diferentes formas de entender y vivir la política, como dispares estrategias para sobrevivir en tal maligno planeta feudal, mas comparten todos el interés por una misma realidad: el poder.

Así pues, en el presente artículo he tratado de elegir los ocho diálogos de la serie que, a mi juicio, nos aportan los 8 mejores ejemplos y magistrales lecciones de teoría y práctica política. Un muy breve mas didáctico curso para todos los que deseen entender el poder, conquistar el poder, preservar el poder o bien resguardarse contra el poder. Diez situaciones acontecidas en un universo medieval fantástico, mas con perfección aplicables a la actualidad política de nuestro moderno planeta real, donde también curiosamente, parece que nos aproximamos cara una nueva Edad Media, caótica y carente de seguridades. En definitiva, ocho discusiones, disertaciones y reflexiones sobre el poder llevadas a cabo por los mejores jugadores de Poniente de este despiadado juego: el juego de tronos, donde o ganas, o mueres.

El poder militar: el filo de la espada

Acá el cortesano Lord Baelish (apodado Meñique) trata de coaccionar a la reina Cersei haciéndola ver que conoce el secreto de su relación incestuosa con su propio hermano Jaime, y que podría difundirla si no se aceptan sus peticiones, lo que le lleva a la conclusión de que la información es poder. No obstante, la despiadada reina le frena en seco con una genuina lección de realpolitik, demostrándole que el auténtico poder descansa solamente en la fuerza y en la violencia, en los ejércitos y en las armadas, y que podría destruirlo con solo chasquear los dedos. La visión de Cersei quizás es excesivamente simplista al no tener en cuenta otros aspectos más sutiles e intangibles del poder (lo que al final le acarreará serios problemas), mas sí que es cierto, que el origen mismo del poder político se encuentra en la conquista militar, en el instante en el que los conquistadores deciden que en vez de matar a los presos resulta más rentable esclavizarlos y que, desde ese momento hasta nuestros días, quien tiene la espada tiene el poder.

El poder económico: el motor de la guerra

En esta escena, el presidente del Banco de Hierro muestra al rey Stannis y a su mano (primer ministro) Ser Davos como la economía y el planeta del dinero funcionan sobre parámetros amorales, para los cuales no existen relatos políticos ni discursos ideológicos, sino más bien únicamente cifras y números, y es basándonos en dichos números con los que se entroniza o derriba a un rey sin mayores problemas, únicamente en función de si se cree posible o bien no recuperar la inversión y de qué candidato al trono ofrece mejores garantías. Como bien añadirá Tywin Lannister en otra escena, todos vivimos a la sombra de los bancos, a los que no puedes andarles con disculpas, ya que si no les devuelves el dinero financiarán a tus contrincantes. Y resulta totalmente clarificador que Tywin Lannister, el hombre en teoría más poderoso de Poniente, tenga tanto temor de unos banqueros sin ejércitos. En la escena propiamente propuesta, Stannis y Davos reciben la misma dura lección, viendo como sus lícitas aspiraciones al trono no tienen cabida para el banco, para el que todo se reduce únicamente a una cuestión de posibilidad o bien no posibilidad de cuadratura de las finanzas. En la primera escena observábamos como el poder descansa sobre la violencia, pero del mismo modo descansa sobre el dinero, que es el que permite adquirir dichas armas y tener de esta manera la llave de la victoria. Una lección más, si cabe, precisa para la actualidad, en la que la pérdida de poder de los Estados en beneficio de actores multinacionales, el apogeo del noeliberalismo y la gobernanza global han convertido a los poderes financieros en los auténticos amos y señores del planeta.

El poder ideológico: el hechizo de la sombra

Varys y Tyrion tienen una discusión filosófica sobre el origen del poder. Tyrion, con una visión claramente militarista, de “poder duro”, opina que el poder reside en la espada (del mismo modo que Cersei en la primera escena). Varys, en cambio, por medio de un curioso acertijo, le enseña un enfoque distinto, el del “poder blando”. El poder es realmente una sombra, un hechizo, una construcción social que radica en la capacidad de persuadir, de cautivar y de persuadir, y, por consiguiente, se trata de algo intangible e ideológico. Este poder blando produce el permiso, que es el complemento preciso de la coacción, puesto que solamente con terror no se puede conservar el poder a largo plazo. Es la distinción que los romanos establecían entre potestas y auctoritas, y posteriormente el príncipe ideal renacentista de Maquiavelo, que tenía que ser a la vez “temido y amado”. Y evidentemente, el instrumento principal para la persuasión política y para la creación de imaginarios colectivos es la propaganda. Dicho poder ideológico primeramente fue la religión, provocando el surgimiento de una poderosa casta sacerdotal. Con los siglos, las ideologías laicas fueron reemplazando poco a poco a las religiosas, mas a pesar de ello, aún actualmente quedan coletazos de pensamiento mágico como trasferencias de sacralidad. En efecto, hoy esos viejos sacerdotes han mutado en ideólogos y publicistas, pero prosiguen dominando nuestros corazones con exactamente las mismas técnicas de persuasión y seducción que otrora hicieron las religiones, y que en nuestra escena, dejan al rey, al sacerdote y al rico mandar sobre el mercenario, a pesar de que éste tiene la espada. En resumen, estas tres primeras escenas de la serie nos muestran de qué manera el poder político es un triángulo: militar, económico e ideológico.

El mito político: valoraciones sobre una patraña

Varys y Baelish tienen una de las conversaciones filosóficas más interesantes de toda la serie, con respecto a si la legitimidad del poder se reduce a una simple mitología política construida socialmente. Ambos están de acuerdo en que el relato es una farsa que coincidimos en contarnos hasta el momento en que creemos que es cierto, pero uno y otro difieren en cuanto a su utilidad. Varys es un estadista, un hobbesiano que considera que el Estado, aunque esté construido y legitimado en base a una patraña, es preciso para garantizar el bienestar de la población, por el hecho de que si no la anarquía se adueñaría del planeta, un caos que nos terminará engullendo a todos y donde únicamente primará la ley del más fuerte, lo que perjudicará singularmente a los más desfavorecidos. Meñique, en cambio, es un ultraliberal sin moral que únicamente cree en dicha ley del más fuerte, con cero empatías sobre el resto de las personas, a las que solamente ve como meras piezas en un tablero de ajedrez, y el caos, lo observa como una oportunidad idónea para que un hombre de orígenes humildes como él pueda ascender mediante la escalera social y lograrlo todo. Hoy en día, nuestra esfera pública prosigue cargada de mitos políticos, tanto fundacionales como apocalípticos, que nos hacen conmovernos y activar nuestras pasiones políticas al margen de la racionalidad. Los primeros nos ayudan a consentir el orden social establecido, al tiempo que los segundos, nos alientan a la movilización y al cambio, mas tanto unos como otros, no son más que relatos heroicos y épicos que, tal como dice Meñique, coincidimos en contarnos unos a otros hasta que la repetición los convierte en verdad.

Las cualidades del líder: ética, justicia, fuerza y sabiduría

Esta vez, Tywin Lannister, el patriarca de la familia más poderosa de Poniente, da una lección al futuro rey Tommen Baratheon sobre cómo convertirse en un buen gobernante. En esta interesante conversación, se plantean las 4 cualidades que debe tener un buen líder político si desea triunfar: moral, sentido de la justicia, fuerza y, sobre todo, sabiduría. Tywin Lannister ejemplifica 3 casos de reyes que tuvieron un trágico final pues no fueron suficientes sus convicciones morales e ideológicas, ni las buenas intenciones ni el poderío militar para triunfar como buen gobernante, sino que se hace preciso siempre y en toda circunstancia sumarlas a las de la sabiduría, entendida como el conocimiento sobre el reino, la estrategia política o bien la capacidad de delegar funciones en consejeros fieles. Los ecos de los cuatro tipos ideales de liderazgo resuenan en esta escena (el romántico, el justo, el conquistador y el sabio), e igualmente, las degeneraciones de los tres primeros. El idealista puede transformarse en fanático, el justo en inocente y el fuerte en descerebrado. Finalmente, el cuarto tipo ideal, el sabio, se nos presenta sin mácula y en términos platónicos (el pensador-rey), si bien faltaría su del mismo modo inevitable degeneración: el aislamiento en su torre de marfil.

Patriotas y terroristas: la diferencia entre ganar o bien perder

De nuevo, el siniestro cortesano Baelish choca con la honorabilidad y las convicciones de Ned Stark. El trono, por ley, corresponde a Stannis Baratheon, hermano del finado rey Robert, pero Meñique no lo ve apropiado y también invita a Ned Stark (la mano del rey y hombre fuerte del reino en ese instante) a tomar el poder, asegurando una coalición con los maquinadores que asesinaron al rey Robert y que planean sentar en el trono al bastardo Joffrey. Ned Stark se escandaliza aseverando que ello sería traición, a lo que Meñique responde que solo será así si fracasan. Y ahí está el instante culminante del diálogo, completamente extrapolable a nuestra realidad. ¿Cuál es la diferencia entre un patriota y un terrorista? Puesto que únicamente el ganar o el perder, es decir, la línea que los aparta es delgadísima. El patriota es sencillamente el que vence y el que por consiguiente tiene los medios para escribir su propia epopeya, mientras que el terrorista es el que pierde, y el que, por esta razón, quedará como el malvado para los anales de la historia. De esta manera, una traición puede convertirse en un acto de patriotismo una vez se conquiste el poder y se cree el nuevo relato. Una cruda lección de realpolitik, mas que resulta muy útil en estos tiempos de quiebra de los ideales racionalistas de la Ilustración, y en los que, por desgracia, la llamada “posverdad” y el relativismo empiezan a campar a sus anchas. Igualmente, la escena nos enseña una interesante confrontación weberiana entre la ética de la convicción (que representa Ned Stark, honorable hasta sus últimas consecuencias) y la ética de la responsabilidad (que representa Meñique, si bien en su caso sería mejor charlar de la moral de la ambición).

Pan y circo: la propaganda de inhibición

En esta escena, Lady Olenna, la astuta matriarca de la casa Tyrell, consigue derrotar dialécticamente a todo un consumado estratega político como Tyrion respecto a la necesidad o no de gastar una copiosa cantidad de dinero en la celebración de la boda real de su nieta Margaery con el sobrino de Tyrion, el rey. Además, subyace un asunto esencial: el panem et circenses de la filosofía clásica. Para que el pueblo esté feliz y apaciguado hay que ofrecerle algo más que sustento, o sea, distracciones que le relajen e inhiban de posibles rebeliones. Es lo que actualmente conocemos como “propaganda de inhibición” o bien “propaganda escapista” (el “opio del pueblo” en lenguaje marxista), o sea, todos aquellos medios que el poder destina a ofrecernos distracciones que embrutezcan nuestros cerebros y nos hagan olvidar nuestro descontento cara los gobernantes, con la meta de encauzar nuestras pasiones e inhibir nuestros posibles instintos revolucionarios. Olenna Tyrell, una de las grandes jugadoras del juego de tronos, entiende perfectamente esta realidad tras una vida dedicada a preservar el poder de los Tyrell en su bastión de Altojardín (una corte que no por nada ha sido tradicionalmente refugio y mecenas de artistas, bardos y trovadores del conjunto de los 7 reinos), y de esta manera se lo hace saber al gnomo, dentro de esta discusión de clase de entrada puramente económica, pero con una segunda lectura claramente política y estratégica. Este enfoque del pan y circo puede parecer arcaico y desfasado, mas en absoluto lo es. En nuestros días, el futbol o los programas del corazón tienen para las elites exactamente la misma finalidad de propaganda escapista, que las bodas reales para Olenna Tyrell.

Realismo y también idealismo: contradicciones de la revolución

Finalmente, la última escena es un hermoso diálogo en el que observamos el choque frontal entre dos concepciones, la idealista de la reina Daenerys Targaryen y la realista de su nueva mano Tyrion Lannister. Quizás por ello son 2 personajes que se complementan tan bien, ya que uno y otro se precisan, como las dos caras de una misma moneda: la lucha entre el romanticismo revolucionario y el pragmatismo astuto. Surge de esta forma la controversia sobre la consolidación de la revolución, que bajo el punto de vista de Tyrion, obliga a pactar con los ricos y sumarlos al proceso, puesto que regir solo con el apoyo popular es construir sobre pilares muy endebles. Para Daenerys en cambio, el pactar con los antiguos opresores supondría una traición a los ideales que desea exportar, y ella no está dispuesta a ser un rayo más de la rueda, quiere romper el ciclo de reproducción de las élites y su eterna lucha por el poder (leones contra zorros), un combate entre una élite decadente acomodada y una élite ascendiente rebelde, la cual tomará el poder merced a su juventud, mas que con el tiempo se tornará del mismo modo despótica. Este pesimismo antropológico, que Tyrion representa, mantiene que dicha rueda proseguirá virando eternamente. En cambio, el optimismo revolucionario, representado por Daenerys, considera que sí que es a la perfección posible cambiar las relaciones de poder entre privilegiados y no privilegiados. Así, lo grandioso de esta escena es que nos muestra de una forma didáctica el eterno discute entre reformistas y revolucionarios, una insalvable contradicción que, desde el estallido de la revolución francesa hasta nuestros días, lleva a la izquierda política a enfrentarse en luchas fratricidas.

Para resumir, Juego de Tonos es probablemente la serie de ficción que mejor represente las relaciones de mando y obediencia, las diferentes formas de ejercer la dominación y la lucha por desequilibrar el cómputo de fuerzas o, en otras palabras: el juego de tronos es básicamente el juego de poder. El poder, esa capacidad para que otros hagan lo que uno desea. El poder, ese proceso esencial de la sociedad. El poder, ese juego infinito.

 

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